domingo, 22 de marzo de 2015

La literatura

La literatura es algo que sucede mientras las editoriales están vendiendo otras cosas...

jueves, 19 de marzo de 2015

creo lo que creo que creo

No lo creo, no puedo ni quiero creerlo, no es posible lo que dicen de la gente, no pueden tantos pensar otra vez el mismo error de tantos años.
No lo creo, no puedo ni quiero creerlo, serán mentiras, inflaciones tendenciosas de los medios.
No hay encuestas ni sondeo que me engañe.
Es impensable lo que pienso si quiero seguir pensando como pienso...
Creo que la gente sabrá...
Creo, como en un acto de fe.

lunes, 16 de marzo de 2015

No estoy hablando de política.

     Un amigo botánico me contaba que hay dos tipos de cañas, las macizas y las huecas.
     Las primeras, como tienen consistencia, contenido, en su interior, se quiebran pero no se doblan.
     La capacidad de ser flexible y doblarse hasta torsiones increíbles que parecen incluso contradecir su raíz, es una característica de las cañas huecas, las que no tienen nada en su interior.

     Eso me dijo un amigo botánico, yo no puedo asegurar que sea cierto.

lunes, 23 de febrero de 2015

Topografía de "eso"

En la cartografía del olvido
hay un punto al rojo hierro
que es recuerdo

Tras los límites del cuarto
a la orilla de la cama
hay un pasado que nos resta
por vivir
que nos suma
por
amar

Vente cuando no tengas apuros que correr
y tengas una botella de tiempo que beber

No quiero recordarte que hoy es martes
y mañana, tal vez fin de semana

Que de tanto tango
y nostalgias en falsete
no soy capaz de desvelar
ni con el más fuerte de los trombones
al más noctámbulo de los corazones

Y sin embargo...

En la cartografía del olvido
hay un punto al rojo hierro
que es recuerdo
de un pasado que nos resta
por vivir
que nos suma
por amar

jueves, 19 de febrero de 2015

Charlas y mates recargado

Luego de hablar ampliamente del clima, los fenómenos meteorológicos y la importancia del hombre y su accionar en los desastres; abolló la botella de plástico de la gaseosa y la tiró junto con los paquetes de galletitas vacíos, la yerba del mate usada y unas pilas que ya no andaban más.
Sin previo aviso, Bella ella, levantó el dedo señalando el televisor y dijo con tono de indignación:
—¡Ves!¡Ves! No se puede hablar de los pobres así… Mirá los anillos, mirá el reloj…
—No te entiendo.
—¿Qué puede saber de los pobres si nunca pasó hambre esa?
—¿Para entender a los pobres hay que ser pobres?— pregunto legítimamente intrigado.
—Sí, hay que haber vivido esa realidad. ¿A vos, tan zurdito como sos, no te parece?
—No.
—Ah, ¿no?— aporta enfática e indignada.
—No, no creo que el juez deba ser delincuente para entender la delincuencia; no creo que el doctor deba ser bacteria o virus para entender las bacterias o los virus.— mientras hablo pienso en lo equivocado de las metáforas que estoy usando y comienzo a preocuparme en que pueda entenderlas equivocadamente entonces concluyo abruptamente —¿Un gobernante, según tu teoría debería ser rico, pobre, clase media simultáneamente para poder gobernarnos a todos con equidad?
—Sí y no.
En ese momento seguimos hablando del clima.

Charla y mates (Diálogos plutónicos 10)

Sentados, tomando mate. Ella, bella, siempre. Hablamos de los tiempos actuales que es un tema intrascendente y cliché casi tanto como el clima. 
Ella, segura, convencida, dice.
—Es una tontería. Antes nadie se cuidaba de la salud, de la comida, de todas las cosas que ahora hay que cuidarse y se vivía feliz sin problemas.
—Antes ¿cuándo?— pregunto curioso.
—Unas tres o cuatro décadas atrás.— contesta segura de lo que dice.
—Hace cuatro décadas atrás el promedio de vida era de 60 años.— aporto.
Ella calla.
*    *    *

Comenzamos a hablar del clima.

martes, 17 de febrero de 2015

Diálogos escolares

—Bien, ahora y, si no hay ninguna duda, les vamos a pedir un favor. Nos ha llegado del Ministerio una encuesta que necesitamos que ustedes llenen. Es para tratar de mejorar la educación de sus hijos, así que agradecemos lo hagan con la seriedad que corresponde.
Paso entre los padre y reparto las hojas. Me siento a esperar. Están, siempre, aquellos padres que responden rápido. Están, siempre, aquellos padres que se quejan de la redacción de las preguntas. Están, siempre, aquellos que dudan de lo que hay que poner en cada ítem. Están, siempre, aquellos que se quejan de la inutilidad de lo que están haciendo. Están, siempre, los que les parece maravilloso todo; la encuesta y cada una de las preguntas.
La variedad de padres es un calco de la variedad de alumnos.
Pero esta noche (de hace cinco años) me llama la atención una madre en particular que mira detenidamente la misma página durante más de diez minutos sin alzar el lápiz.
—Debe ser la madre de Raúl— pienso debido a la coincidencia de ciertos rasgos faciales.
El muchacho trabaja con rapidez, no le gusta la escuela así que cualquier actividad la trata de hacer rápido para dedicarse a otra cosa (El interés de un muchacho en la secundaria tiene mucho más que ver con las compañeras que con los contenidos de estudio).
—Disculpe…— me acerco con el deseo de ayudarla. Esta actitud mía se corresponde más con el deseo de terminar la reunión e irme a casa que con un verdadero deseo de ayudar; sin embargo, y a pesar de esto pregunto —¿necesita ayuda?
Asiente con la cabeza. Me siento al lado y leo en voz alta.
—“¿Cuántos son los integrantes del grupo familiar? 2, 3, 4 o más (anote el número en el casillero)”
—Seis— me responde inmediatamente y yo me sorprendo.
Un poco casi fastidiado le digo:
—Y bueno, es así de fácil señora. Responda las que siguen y después me avisa— giro y me dirijo hacia el banco.
Algo frena mi fuga desde mi brazo izquierdo. Miro y veo la mano de la señora que me atenazaba. Aproxima sus labios a mi oído y me dice.
—No sé leer…
Me quedo quieto como si me hubieran dado una bofetada y yo no hubiese percibido la mano sino hasta que impactó con mi cara. Me siento a su lado y leo todas las preguntas en el tono más bajo en el que pudiera ser oído sólo por ella. Temo avergonzarla.
Al finalizar, ella me mira con agradecimiento. En un tono muy bajo, como para no avergonzarme, me dice.
—No tenía por qué preocuparse; no siento vergüenza de lo que no sé, siento orgullo de que Raúl ya esté en la secundaria…

 *    *    *

Todos se fueron. Otro colega al que se le hizo tarde como a mí pasa a mi lado y me dice.
—Vienen solamente por el subsidio, varios en julio no los vemos más. Qué estupidez todo esto de la inclusión ¿no?— el tono es imperativo y con sorna.
—No.— es lo único que digo; yo sé que tendría que quedarme a explicar "Raúl, su madre..." pero no tengo tiempo, no tengo ganas y tengo el alma “estrujida” (como diría mi abuela).

 *   *   *

Me fui a casa y comí en silencio hasta que la voz de mi mujer me distrae.

—¿Qué hacés?¿Estás llorando?