Hay gente tan chiquita, con vidas tan aburridas, que se dedican a hablar de la vida de los otros porque en la suya no hay nada interesante para contar.
Y desde esa distancia kilométrica entre una vida y un relato, estos seres chiquititos resuelven qué debió hacer y no supo aquel que sí se atrevió a vivir.
Hay gente tan pequeña que puede medir su vida.
El único problema es que 10 minutos sobran para que nos la cuenten.
Eso sí, enojarse con esa gente es también algo común entre esta gente pequeña.
Con el tiempo las sentencias confirman su carácter prescriptivo de afiche. Un intento por una literatura breve, de efecto fraserológica y efímera
jueves, 12 de febrero de 2015
martes, 3 de febrero de 2015
La Logia de Ana
A la
mañana, ni bien se despertó y salió a la calle el vecino le dijo:
—Qué estúpido que sos.
Él
continuó con su rutina, entre preocupado y angustiado de por qué le habría
dicho eso. Al día siguiente, su vecino, le dijo:
—Sos un estúpido y una
mala persona; nos jodés la vida a todos los vecinos.
—¿Por qué?— preguntó él
—No entiendo.
Todos
sabemos, K (no hagan elucubraciones políticas estoy haciendo una referencia al personaje de "el Proceso" de Kafka) lo sabe más que nosotros, que no hay persona lo suficientemente
limpia como para arrojar piedras honestamente. Por eso calló.
—Che cornudo… te merecés
todo lo que te pase. Ojalá te mueras.— fue el saludo del tercer día… y él
calló.
Al
cuarto día no esperó ningún comentario. Ni bien salió el vecino le acomodó una cross
en la mandíbula y lo dejó dando vueltas.
Ese
día, los medios publicaron, enojadísimos, que un vecino había golpeado a otro
sin mediar palabras… (Ahora sí, hagan elucubraciones políticas)
viernes, 30 de enero de 2015
Lo efímero (Diálogos plutónicos 09)
Estamos sentados tomando una cerveza en la tranquila oscuridad de
la noche. La miro, no hablo, cuando algo me gusta no hablo; es un hábito de
lector esta actitud de seguir leyendo lo que nos interesa sin hacer comentarios.
Es costumbre de los televidentes hacer comentarios mientras miran algo que les
gusta.
Estamos sentados. Yo la miro y ella
habla... no tengo ni la más remota idea de qué está diciendo pero un enunciado
suyo me obliga a salir de ese cómodo silencio.
-¿Y vos?
- ...
-No me estabas
oyendo.
-No
-¿Por qué?
-Porque estaba mirándote.
-¿Te gusta
mirarme?
-Sí.
-¿Te parezco
linda?
-Bella.
-¿Qué preferís,
leer un libro o estar conmigo?
-Estar con vos.
Sonríe envanecida pero yo siempre hablo de
más y lo echo todo a perder.
-El placer es casi
el mismo, pero de acá a diez años el libro va a seguir siendo igual de bello.
No tuve tiempo de explicarle nada, se fue
dejándome con la cuenta por pagar.
Estoy sentado tomando una cerveza en la
tranquila oscuridad de la noche. Solo.
miércoles, 28 de enero de 2015
Leo a Borges (Diálogos plutónicos 08)
Se aproxima, bella y sonriente, con esas sonrisas de quien tiene
algo que contar. "Quién pudiera leer tanta belleza", pienso mientras
la veo venir.
-Por fin encontré
algo de tu querido Borges que me gustó.- declara contenta consigo.
-"Instantes"
no es de Borges.- enuncio sin pensar siquiera lo que digo.
-Algunos
prejuicios tienen la validez de un juicio, aunque debo evitarlos.
-Y vos qué sabés
si es o no de Borges ¿vos leíste todo lo que escribió?
Pienso en la infinidad de entrevistas,
textos póstumos y etcéteras con los que la señora Kodama solventa el pasar de
sus días como una Yoko Ono argentina y respondo.
-No, seguramente
no. Pero de ese texto, además de no corresponderse con el estilo y la temática
del ciego, se habló mucho.
-A sí...- expresa
con sorna -seguro que vos sabés más que Internet.
-No, no sé más.
Sólo soy menos mentiroso.
-A mí no me
importa. A mí me gusta y listo.
-No me molesta que
te gusta, está todo bien... Pero no es de Borges.
-Entonces sigue
sin gustarme Borges.
-Entonces seguís
sin haber leído Borges.
-Entonces, andá a
cagar.- y dicho eso se marchó.
Se fue, bella y enojada, con ese rictus de
quien no quiere ya hablar conmigo. "Quién pudiera leer tanta belleza",
pienso mientras la veo irse.
lunes, 26 de enero de 2015
Leer mejor (Diálogo plutónico 07)
Ella Bella forever bella se acerca con
intención de hablar. Me mira a los ojos desafiante. Me agradan sus ojos.
–Yo leo mucho ¿sabés?– dice en forma de
sentencia.
–Qué bien.– comento en tono que deseo
suene aprobatorio porque sé que es lo que ella espera oír.
–¿Vos lees mucho?– me pregunta esperando
una confirmación afirmativa. Yo pienso en la cantidad de libros que deseo leer
y aun no leí, pienso en la cantidad aún no escritos que desearé leer y
tímidamente respondo.
–No, leo bastante poco en realidad.
–¡Qué pena!– aporta en un tono entre
reprobatorio y maternal y agrega –¡Es tan lindo leer!
Yo confirmo su juicio asintiendo con la
cabeza, no quiero aportar nada por temor a que se enoje y se vaya.
–La última novela que leí, en realidad
eran una serie de novelas, trataban de un vampiro muy lindo que se enamoraba de
una humana y ellos hacían todo lo posible para estar juntos aunque nadie quería
que lo lograran y les hacen la vida imposible. Pero, a pesar de todo tienen una
hija hermosa con muchos poderes y son todos vampiros.– dice entusiasmada con
sus libros.
–¿Y qué pensaste después de leer esa
novela?– pregunto con legítima curiosidad pero noto que mi pregunta la
desconcierta y la desconcentra.
Por suerte no se va y busca satisfacer mi
curiosidad.
–Bueno, que me gustaría que un vampiro se
enamorara de mí y tener un romance así… verdadero… que las cosas parecen
imposible… y todo eso y a pesar de todos.– se envalentona en las últimas
palabras y me agrada como suena “y todo eso y a pesar de todo”.
—La idea me parece conocida.— comento
erróneamente.
–¿Y el último libro que leíste vos de qué
trataba?– me pregunta a quemarropa con un “vos” que suena a desprecio.
Escarbo entre mis recuerdos de los leídos
en el último mes alguno que vaya a tono con sus lecturas.
–De un pibe muy pavo que todos le pegan en
el colegio y se enamora de una niña vampiro y se convierte en su sirviente para
toda la vida… bueno, la vida de él porque ella es eterna.– termino y me doy
cuenta que así resumido parece medio tonta la historia.
–¿Y qué pensaste después de leerlo?– llega
su pregunta salvadora que ella hace por mera cortesía y a mí me permite
explayarme.
–Muchas cosas… por ejemplo que muchas
veces la vida es una mierda y algunos son maltratados y no pueden salir de eso
y entonces para evitar el dominio de uno más fuerte se someten a poder de otro
más fuerte aún. Además en el libro la madre está sola, la plata no les alcanza
y entonces pensaba en lo injusta que es la vida o la gente con algunos… ah,
también se me ocurrió el giro que toman las novelas de vampiros en los últimos
años… el pueblo era un pueblo industrial que sufrió los embates del
posliberalismo y…– iba a seguir hablando pero Bella me interrumpe.
–Si, sí, ya está, se entendió… cómo te
gusta hacerte el intelectual a vos ¿no?
–No.
Enojada divide su andar del mío en la
puerta del colegio. Ella sigue su rutina en la que no me incluye. Yo entro al
colegio durante el recreo con tiempo de ir a la sala de profesores (porque creo
y les hago creer a mis alumnos que soy un profesor) a tomar un café. Adentro un
colega habla en tono crispado.
–Lo que pasa es que los chicos no leen.
–Muchos adultos con secundario terminado y
buenas notas, tampoco.– pienso yo y no lo digo. Tampoco digo que pienso que mi
colega debería ver un poco menos de tele y no sumarse a su lista.
El colega prosigue.
–Los alumnos tendrían que leer más.—
concluye su imprecación.
–Leer mejor… no más, mejor… – se me
escapa, casi sin querer.
–No te entiendo.– se le escapa queriendo.
–Dejá, no importa. Me quedé pensando en
algo que pasó mientras venía al cole.– digo, me sirvo un café y callo.
martes, 6 de enero de 2015
El Chiquero
"A pesar de que la mía es historia, no
la empezaré con el arca de Noé..." ECHEVERRÍA[1]
Era Semana Santa del 201… época en la que
los feriados extendían algunos fines de semana más de lo normal y el de Semana Santa
era particularmente largo debido a que la administración pública, los colegios y
los bancos abandonaban su actividad el jueves y no la retomaban sino hasta el lunes.
Algún que otro empleado acomodaba una licencia médica que le permitiría comenzarlo
el miércoles o continuarlo hasta el lunes inclusive. Esta extensión no debía ser
una práctica tan extraña ya que la mayoría de las excursiones a las cataratas
(viaje típico de esta época) terminaban el lunes.
– Son así estos vagos, no tienen ganas de laburar, si la
tuvieran no harían estos largos fines de semana… en Argentina nadie trabaja, después
se quejan. Así andamos. – decía una empleada bancaria a su marido mientras armaba una valija para salir de minivacaciones.
Pero prefiero callar más ejemplos como
este y continuar con el relato.
Sucedió, pues, en aquel tiempo previo a Semana Santa, una lluvia muy copiosa. Algunos caminos habían quedado anegados y los potreros de fútbol en las villas eran un auténtico lodazal.
Verdaderos ríos de turistas surcaban el país de orillas a orillas mientras los
villeros, los subsidiados por este despótico gobierno jugaban un picadito de
fútbol en sus canchitas infaltables en cada uno de sus asentamientos. Porque
aunque podían ver, de modo gratuito, todo el fútbol para todos; la fecha se
había suspendido para que la pequeña burguesía, única clase social que pagaba entrada al partido,
pudiera vacacionar sin culpa y claro, la villa toda se había instalado en el potrero para
jugar al fútbol (jugar al fútbol parece ser la única posibilidad de ascenso
económico para los varones) y juegaban un partido interminable y encarnizado
donde desplegaban todo su resentimiento y odio.
La pelota en el medio, 12 de un lado y 15
del otro. Nadie se quejó de la diferencia numérica porque con el primer equipo
jugaba “El Yoni”, joven promesa de River Plate que aún estaba en las inferiores
pero ya habá sido probado en primera 10 minutos y había claras posibilidades de que
pasara definitivamente el próximo campeonato.
– El Yoni ya está salvado.– pensaba La Yesi confiando en que
el polvo que se habían echado la noche anterior le sirva, a ella, para quedar pegada (ser la
mujer de un futbolista exitoso parece ser la única posibilidad de ascenso
económico entre las mujeres) y escapar de ese mundo de mierda.
El partido comienzó y todos se revolcaban
en el barro como chanchos en un chiquero. Las mujeres aúllaban, como perras en
celo con sus crías colgadas de las tetas, vítores a sus machos. Las criaturas
correteaban escarbando entre las basuras algún juguete para divertirse. Todos
parecían felices.
El Yoni escapó con la pelota, dejó a uno
parado en mitad de la cancha mirando para otro lado, le hizo un sobrero al Tito y
antes de que toque el piso se la pasó de caño al Cacho que al darse cuenta de
la jugada puso todas sus fueras en el empujón que El Yoni esquivó con un
movimiento de cadera dejando al Cacho con la cara y la panza sumergidas en un
charco de barro. Finalmente llegó frente al arco y remató con violencia de
derecha un tiro que parecía cruzado pero se abrió hacia la esquina superior
derecha del arco y se clavó en el ángulo. El Toto, con sus guantes de arquero, con
los mismos que había jugado alguna vez en las inferiores de Velez, con esos guantes
comidos por el tiempo, se quedó quieto, parado, como petrificado sin imaginar
siquiera qué había pasado.
– Uno a cero.– gritó el Chino Gutiérrez que parece haberse
ofrecido implícitamente de árbitro. Tomó la pelota con las manos y la llevó al
centro (lo que él imaginaba que era el centro ya que no hay una línea marcada) y
chifló con los dedos en señal de que el partido debía seguir.
El Cacho se acercó cansado a la pelota y
pateó pero su pase no llegó a destino porque El Yoni cruzó corriendo y se la llevó.
Sin ningún firulete, pateó derecho al arco con fuerza pero esta vez el Toto
logró desviar el tiro por sobre el travesaño. Ese largo estirarse hacia la
pelota finalizó en el impacto violento del balón en la mano derecha y le significó un doloroso tirón en la columna a la altura de la lumbar. Todos lo
aplaudierón; quizás por eso, en lugar de quedarse retorciéndose de dolor en el piso,
como hubiéramos hecho cualquiera de nosotros, se incorporó y levantó los brazos
hacia la tribuna de críos y hembras mientras limpiaba con la remera una lágrima
que el dolor le había filtrado al orgullo.
El Yoni agarró la pelota y la llevó a la
parte del chiquero que él imaginaba era el córner. El Toto, por cierta intuición
de arquero (la que es más confiable que cualquier intuición femenina) supo lo
que iba a hacer.
– Lo quiere hacer olímpico el muy hijo de puta… yo te voy a
enseñar, pendejo de mierda. – pensaba para sí y se ubicó lejos de la línea de
gol para tentar al jugador a que patee al arco.
El viento era propicio y el arquero estaba mal parado así que El Yoni hizo lo que le pareció más lógico; trató de diseñar
una parábola que termine en el arco y habría sido gol si el Toto no hubiera adivinado la jugada, "ese gordo de mierda que hace años no ataja nada", había previsto todo desde el principio.
El Toto agarró la pelota sin dificultad
pero el dolor se hacía cada vez más intenso. Lo disimulaba. Todos aplaudían.
La Yesi no, la Yesi miraba embelesada a su
héroe mítico, a su Orfeo, capaz de sumergirse en este sucio infierno para
llevarla a ella y a su futuro hijo a ese cielo que por procedencia les estaba vedado.
El Toto sacó desde el arco pero la pelota
quedó a mitad camino entre el arquero y su intención de destino. El dolor era muy intenso ya como para disimularlo y cayó al piso. El Yoni, que había quedado con
el orgullo herido, vio la pelota picando libremente y corrió.
El Cacho, que había percibido toda la situación
levantó las manos y gritó: "¡El Toto!" para que se detenga el partido; pero el partido,
como la vida, nunca hace caso a ese tipo de gritos. El Yoni escapó con la
pelota, el arco estaba libre, el Tito sabía de la imposibilidad de frenarlo
futbolísticamente y se lanzó, patinando en el barro, con los tapones de punta
apuntando a la rodilla. El lodo aceleró el deslizamiento y el pie dio de lleno y
fuerte en la pierna del Yoni.
–Crack.– le hizo el hueso al final. La Yesi lloró un dolor
que le era propio.
La pelota, picando sin sentido se dirigió al arco y hubiera entrado de no ser por un charco de barro que la detuvo, como
al Yoni, le cortaron el destino, la dejaron hay, quieta, sin posibilidad de
éxito. Detenida, estancada en el barro. La Yesi seguía llorando porque quizás fuera la única que comprendía.
El Yoni miró su pierna y vio la carne
desgarrada y un hueso en forma de punta saliendo. La sangre manaba a borbotones.
Nadie se preocupó mucho. El Cacho hizo un par de señas y Willy levantó en brazos al Yoni y se lo llevó al hospital.
Nadie se preocupó mucho. El Cacho hizo un par de señas y Willy levantó en brazos al Yoni y se lo llevó al hospital.
– No va a jugar este año en primera. – piensa Willy
mientras lo cargaba.
– No va a jugar en primera. – piensa el Cacho mientras se
secaba la transpiración.
El partido quedó suspendido y como todo
grupo de fieras aburridas, comenzaron a pensar qué daño podían hacer. Todos,
entonces, decidieron ir al puente peatonal sobre circunvalación. Llevaron un par de
ladrillos y un pedazo de hormigón.
El Cacho era, sin dudas, el que ordena el
caos de la villa; todos antes de ejecutar cualquiera de sus maldades, levantaban primero la cara hacia el Cacho para buscar su aprobación. Él era, también, el
que administraba las jubilaciones y los subsidios, así que nadie quería estar en
malas migas con él; era, además, hombre de pocas palabras y de mucha acción por
eso estaba contento con la idea de ir a pescar algún turista.
Mas la voz ronca de un villero irrumpió el
silencio extraño del puente.
– Miren, hay viene un Audi.–
– Debe estar cagado en plata el viejo.–
– Cacho, a que no le das al parabrisas… – el desafío quebró
el murmullo. El Cacho se dio vuelta y no dudó, tomó el pedazo de hormigón. Agarró los hierros salientes como si fueran manijas y, en una mirada, calculó la
parábola que la piedra debía describir para estrellarse contra el parabrisas.
Luego la lanzó hacia arriba.
El tiro fue certero.
El tiro fue certero.
La piedra cayó en el centro del parabrisas
quebrándolo en mil pedazos. Los airbag se activaron. El conductor no entendía cabalmente lo que estaba pasando y trató de mantener la estabilidad del coche. Viró
a derecha e izquierda. Finalmente mordió la banquina y volcó.
Todos miraron el siniestro y sonrieron. No iban
a tener que caminar mucho para recoger los frutos. Bajaron el puente y se dirigieron
al auto volcado. El primero en llegar fue el Cacho. El careta estaba vivo.
El joven salió del auto entre mareado y
confuso. Vio los chanchos embarrados acercarse y no dudó de sus malas
intenciones. Se puso en guardia. Empujó al Cacho ni bien llegó y le metió una
trompada a otro que llegaba detrás. Corrió hasta el auto y sacó una barreta que
siempre llevaba imaginando situaciones como estas con la seguridad de que estas
cosas nunca le pasarían a él.
Feliz y adrenalínico de poder por fin ser
protagonista de una historia de telenoticiero sacó el tubo de hierro y comenzó a
amenazar a los villeros.
– Vénganse, negros de mierda. Ya los voy a hacer cagar.
Vamos a ver si Cristina los defiende de esto.–
Diez segundos duraron las amenazas hasta
que el Tito, que traía un ladrillo desde el puente se lo dio con todas sus
fuerzas en la cabeza y su mundo capitalista se nubló de repente.
– Hagámoslo cagar acá mismo.–
– No, mejor que aprenda una lección.–
– A la casilla.– gritó el Cacho.
– Garca de mierda.
– Seguro que es del pro, mirá como empilcha.
– Hay que darle lo que merece.
Entre todos llevaron al muchacho arrastrando
sus piernas por el barro. La casilla era una vieja garita policial de 3 por 2
metros toda blindada, a no ser por unos pequeños orificios por donde debían
quizás alguna vez, haber asomado caños de fusiles.
Como en algún cuadro del Greco que creo
haber visto, la luz mortecina iluminaba a la víctima puesta sobre una mesa mientras
en torno lo rodeaban una serie de sujetos con gorras.
– ¡Átenlo! – el Cacho daba órdenes concretas y simples,
fáciles de seguir para la manada de brutos que lo secundaba.
– Che gorilón…– se dirigió a la víctima, – a ver si te
desdecís con eso de la Cristina y gritas frente a todos “¡Viva Néstor!”
–¡Viva Néstor!– coreó la manada satisfecha.
– Necios e ignorantes, ¿qué intentan hacer conmigo? –
preguntó el muchacho
– Chito gringuito, calmate. Ya te vas a ir dando cuenta de
cómo vas a pagar. Tito, traete la máquina del Roberto para el pelo.
Tito vuelve al rato, le entregó la máquina
y agregó.
– Roberto preguntó para qué la querías…
– ¿Vos qué le respondiste?
– Que vos no le preguntaste para qué quería la jubilación su
vieja, simplemente se la conseguiste… y que es de sorete preguntar eso cuando
te piden algo.
– Bien Negro, vos sí que sabés tratar a estos… a mí me
sacan de las casillas…
Sin mediar más palabras le cortaron todos los pelos de los
costados.
– jajaja, mirá, Mario Baracus, jajaja.
– ¿Quién es Mario Baracus?
– Che gringuito, ¿temblás? – le preguntó el Cacho a su
víctima.
– Sí, por no poder ahorcarte con mis manos.
– ¿Tenés las pelotas para amenazarme?
– Tengo los huevos para eso y mucho más. Dejame
demostrártelo.
– Está bien, mostrámelo; ya estás cortado bocha como
nosotros que no vamos de peluqueros fifí como vos, ahora habrá que desnudarte…
– Desnúdenlo y átenlo boca abajo que yo le voy a enseñar
quién manda.
– No… – y no llegó a decir mucho más porque dos secuaces
del Cacho ya lo habían amordazado.
– Mirá cómo tiembla y mirá cómo se puso… parece un chancho
colorado…
Ya estaba desnudo y atado a la mesa. El
Cacho se había bajado los pantalones. El joven del Audi hizo su último esfuerzo
y cayó flácido sobre la mesa empapando el pañuelo que tapaba su boca de sangre.
– Se murió… – dijo uno sorprendido.
– Se murió de rabia… – dijo otro.
– Será porque lo mordieron unas ratas… – dijo el Tito y
todos rieron.
– Llévenlo al auto…
y préndanle fuego.– sentenció el Cacho.
Verificaron la orden y se fueron a
cumplirla como siervos obedientes a su amo.
viernes, 2 de enero de 2015
Nostalgias...
Cuánto tiempo desperdiciado en el olvido
de la línea de tus ojos
para luego perderlo
en la casualidad de un encuentro.

Cuánto esfuerzo derrochado
en extraviar del tacto tus cadencias
para que lo traiga de repente
un golpe el azar.
La nostalgia es la divinización del olvido
y el reencuentro su blasfemia.
Cuando ayer te vayas
volver será olvidar
sin el extraño pienso
ni la espero.
Ambos somos
no me acuerdo qué
recuerdo.
Y el pasado es siempre un tiempo que no fue
Y la memoria el más mentiroso de sus súbditos
Y el cuerpo un futuro ya olvidado
Y tu voz un presente que no encuentro
Y yo...
perdido en palabras
que no alcanzan silencios.
de la línea de tus ojos
para luego perderlo
en la casualidad de un encuentro.

Cuánto esfuerzo derrochado
en extraviar del tacto tus cadencias
para que lo traiga de repente
un golpe el azar.
La nostalgia es la divinización del olvido
y el reencuentro su blasfemia.
Cuando ayer te vayas
volver será olvidar
sin el extraño pienso
ni la espero.
Ambos somos
no me acuerdo qué
recuerdo.
Y el pasado es siempre un tiempo que no fue
Y la memoria el más mentiroso de sus súbditos
Y el cuerpo un futuro ya olvidado
Y tu voz un presente que no encuentro
Y yo...
perdido en palabras
que no alcanzan silencios.
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