lunes, 4 de diciembre de 2017

Una condena


Sólo puedo pensarme en la ausencia de otro
que te descuida el tiempo suficiente
para robarte algunas horas de tu suerte.
Y me apiado de ti pues yo no tengo
que fingir en otro cuerpo
un abrazo que te tengo destinado
desde antes incluso de conocerte.

El desvelo o el insomnio son un precio
que gustoso pago a la curva abismal de tus caderas
a la profundidad de tus labios recortados
al calor transpirado de tus manos.

No hay propiedades ni posesiones si se siente
y nada que pueda ser robado
si no se tiene previamente.

Mi condena es saber que algunos días
el destino me separa de mis ganas
de tus ganas de fundirte en un nosotros.

No es caro
porque sé que tu piel
no tiene fronteras entre mis dedos,
y tu boca abierta se desboca
en cada temblor
en cada cielo
en cada línea que dibujo en tu espalda
en cada vez que te penetro con mi alma
en cada vibración que te queda como un eco.

Tu condena es más difícil,
es despertar a su lado

y pensarme.








Insomnio pintado por los dioses













Estoy despierto…
la noche cerrada y oscura se alza
sobre la calva frente del insomnio
y el mate a duras penas si me saca
de este sueño que no deja que me duerma

Todos saben que no se puede beber de las orillas de Neptuno
Y sin embargo…
hay alguien que grita sobre un puente desconsolado de un anaranjado cielo.


Estoy despierto…
el silencio me abraza y se quiebra
en la profunda respiración de una niña
que me salva en su dormir de este vacío
de este pensar circular que no me cierra

Todos saben que de la trampa de Poto nadie escapa
Pero…
todos los ciegos tropiezan al borde del abismo engrisado de su suerte.


Estoy despierto…
hay un juego azaroso en los rituales
que desdobla los tiempos y los curva
hasta momentos en los que uno ya no sabe
si fue ayer o hace años lo vivido.

Todos saben que no se juega a los naipes con las Moiras
No obstante…
un gigante colosal mastica mi cabeza en un paisaje escondido tras el negro.


Estoy despierto…
pienso en los brazos que hoy abrasan
el pequeño duende del destino
y se cuece al calor de otros sabores
y me siento sobre esta calabaza

Todos saben que no se puede robar a Prometeo lo que no es propio
Empero…
una bandada de cuervos se levanta desde un amarillo trigo suicidado.


Estoy despierto…
con mis pies descalzos en la tierra
caminaré a tu mañana que despierta
y aunque toques ese cuerpo ahora a tu lado
será en mí en quien pienses que te pienso

Todos saben que no hay dueños ni propiedades para Eros
A pesar de eso…
acodada en la mesa la muchacha mira pinceladas gris-marrón frente a su vaso.


Estoy despierto…
en océanos pintados color verde
en la tranquilidad de saberse consecuente
en la fascinación de vivirse plenamente
y atraparte incluso ya sin verte.

Todos saben que Tánatos acompaña cada paso
Y sin embargo…

un joven con sus flores se curva en un interminable beso coloreado.


martes, 28 de noviembre de 2017

Cursilería de lunes trasnochado

Cuando la primera vez que te acostás con alguien podés seguir la conversación (ese es un detalle importante, que hayas podido tener una) mientras el otro está haciendo sus necesidades en el baño… y mirarse a los ojos y seguir hablando.
Es como Bécquer llevado a la realidad.



lunes, 27 de noviembre de 2017

Crónicas de Matulandia: Una extraña despedida

Había sido un extraño día, un particular domingo, de esos que lo tienen todo. Despertar como siempre con el agudo chillido de Darwin reclamando por comida, una charla de horas con gente que te llena la vida, preparamos con Matu una comida juntos, partimos un rato hacia un mundo de colores y de ternura, volvimos y limpiamos la casa mientras oíamos Fander (Matu y yo, ella siempre colabora), recibí algunos mensajes de alguien que hace casi tres años todavía cree que me debe algunos insultos y amenazas, otros mensajes de alguien que conozco hace varias vidas equilibraban mi partida emocional, cuando de pronto un sonido me llama la atención.
Todos sabemos que la ausencia de un sonido puede ser el sonido más estridente del mundo. Trato de localizar mentalmente esa ausencia. «No hay chillido», pienso y doy vuelta mi cuerpo para mirar su jaula.

Darwin, que no es un cobayo ni una mascota sino un compañero de días, está callado como nunca y recostado sobre uno de sus lados como nunca. En un intento natural de revivirlo no voy hacia él, voy a la heladera y abro la puerta esperando su habitual reacción (con una duende amiga lo habíamos rebautizado Pavlov, porque cada vez que se abría la heladera comenzaban sus chillidos sin importar si tuviera o no comida en su jaula)… el silencio, el maldito silencio prosigue y sentencia.
Con parsimonia y lentitud saco unas hojas de lechuga del cajón del fondo y cierro. Me dirijo a la jaula y abro la puerta esperando que se abalance sobre ella… la quietud, la ausencia de sonido, unos espasmos manifiestos en sus piernas me preocupan.
Le acerco la lechuga a su cara. No reacciona. Matu como intuyendo y casi sin mirar abandona sus dibujitos y me dice mientras viene:
¿Qué le pasa a Darwin?
Confieso:
No tengo idea, Matu.
Ambos nos sentamos en el piso en torno a su jaula. Traigo dos hojas blancas y las apoyo sobre el piso. Darwin respira suave y lento y hay un leve pulso en su contraer y estirar sus piernas en tiempos regulares.
Lo saco de la jaula y lo apoyo sobre la hoja blanca, blanquísima. Él debería salir corriendo y recorrer como siempre toda la casa, pero no lo hace, se queda en su ausencia de sonidos y desplazamientos.
Retiro el aserrín y demás suciedades que pudiera tener y comienzo a observar si tiene algún golpe, si su estómago gruñe, si respira con dificultad. Matu mira todo y cada tanto apoya su mano entera (no acaricia, sólo la apoya) sobre el animal mientras dice:
Pobre Darwin.
Traigo agua y se la acerco a la boca. Comienzo a pensar lo que comió, lo que hizo cuando paseó. No entiendo, sólo tiene tres meses. Reviso su jaula y sólo encuentro una anomalía, un escarabajo verde y largo que debió de haber venido con el aserrín de la carpintería.
Mato el insecto por las dudas.
Se va a morir. dice Matu y yo no me doy cuenta si lo afirma como sabiendo o lo pregunta.
Creo que sí. le digo o le contesto.
El final es inevitable y evidente, creo. Alguien me envía un mensaje y respondo: «Esperame un rato, nos estamos despidiendo. Después te hablo.» y dejo el teléfono a un lado.
Como si nos hubiéramos puesto de acuerdo, Matu y yo llevamos nuestras cuatro palmas de las manos sobre esa agonía y las mantenemos suspendidas sobre él casi sin tocarlo. Estamos tristes. No puedo contener una que otra lágrima.
No pasaron dos minutos cuando siento que mi hija aleja sus manos de las mías y las apoya completas sobre Darwin.
Se fue. me dice y tiene razón, ya no está ahí.
Envolvemos lo que quedó de él en las dos hojas de papel, suavemente, en silencio, con lentitud. Yo lo dejo en el piso pero Matu me corrige.
Lo ponemos acá. y lo sube sobre el techo de la jaula bajo la ventana abierta.
¿En qué animal se convertirá? le pregunto recordando una vieja conversación que he tenido con ella.
No papi, él no vuelve más. me dice categórica pero sonriente.
Voy a hacerle un dibujo para que se lleve. me dice y va a buscar un balde con crayones, lapiceras y fibras.
Vuelve y dibuja alegremente sobre el cuerpo muerto y sobre el papel blanco, blanquísimo, con la dificultad que implica no tener una superficie lisa, una nena anaranjada y amarilla y un animalito lila.
—¿De qué color pintaste a Darwin?, pregunto
Lila, Darwin es lila, no lo puedo pintar de otro color., mientras ella dice eso yo recuerdo algunas cosas alguna vez aprendidas y otra vez olvidadas y esta vez recordadas.
Matu deja su dibujo y comienza a cantar y hacer otros dibujos.

Yo pensaba que la iba a tener que consolar pero en realidad ella me da consuelo.
Detiene todo, se da vuelta, me mira curiosa y pregunta:
¿Les puedo contar a mis amigas que Darwin se murió?
Sí, por supuesto. respondo y me quedo intrigado.
¿Por qué preguntaste, Matu?
Quería saber si podía hablar de eso.
Claro.
—¡Pobre Darwin! dice y continúa dibujando y cantando.
Claro que puede hablar de eso, no es tabú para ella la muerte, no es tabú aún y espero que no lo sea nunca. Es sólo eso, una muerte.

Fue una extraña y sana despedida. ¡Pobre Darwin!



jueves, 23 de noviembre de 2017

Sueño de jueves

Añejo ritual de miércoles
tan joven y tan viejo
encuentro de dos cuerpos
en un limbo del tiempo
pequeña duende nocturna
dilatadora de sueños
sonrisa blanca infinita
a corazón siempre abierto
mezclando melómanos pupos
cambiando el eje los centros
tranquilidad absoluta
salida de sutiles infiernos.

Reímos
los dos
una pausa
un beso
un adiós.

Y comenzar los jueves
sin haber dormido un poco
y saberte siempre ahí
en un espacio muy loco
entre el afuera el adentro
como ese código de oso
que te emboscó sin permiso
y te quedaste en despojos
ya con los brazos caídos
con una luz en los ojos
y yo me quedo despierto
y piel a piel me deshojo.

Una mirada
se cruza
unas palabras
se callan
complicidad

La intensidad nos elije
y anaranjado el durazno
y esa duende que brilla
y sobre el piso cual cuadro
un desorden insolente
parte a parte armamos
un todo que no es la suma
una figura sin marco
y el fondo que se entromete
y nos importa un carajo
el día nos amanece
despertando a tu lado.

El brillo
la gente
el día
la suerte
Nosotros.

Y un miércoles

Y un jueves

Y dos cuerpos dormidos

Y un mundo que gira

Y el cotidiano se quiebra

Y un cruzar de miradas

Y un ciclo que retorna
siempre al mismo sitio…

Un ritual
Un encuentro




lunes, 20 de noviembre de 2017

Memoria kinestésica

El cuerpo tiene memoria,
memorias de actos de placer
memorias de actos de dolor
de ahí la  vaca y el llanto
de ahí la paja en el ojo ajeno
y el orgasmo en el propio.
Mi cuerpo es un nostálgico
que algunas veces se la pasa recordando
tonterías de antaño
y no de tantos años
una mirada, un gesto, un contacto,
un olvido, un silencio;
la invasión sinestésica del mundo
una pausa en el hoy…


A los recuerdos hay que saludarlos
con los mismos protocolos de los vivos
para que sigan su curso

y evitar que se queden a vivir con nosotros.





domingo, 19 de noviembre de 2017

El duende y el durazno

Cuerpo de tierra celeste
que brotas aguas cual manantial
y dos fuegos como manos sanadoras
niña de los cinco elementos
aire que me habita en cada encuentro
rituales de oso melero
que te quiebran desde adentro
puertas que se abren
al cielo o al infierno
piezas de un ajedrez
que se pierden en un beso
abro una puerta y entras
en tu pausa gris cielo
geométrica figura
caminando no caminos
«¿sabes que has perdido?»
te pregunto
«»
me respondes y me callas en tus labios
te tiras duende al piso
y comes suavemente el durazno
que en este valle te pertenece

tu cuerpo zarpa a las orillas de otros tiempos
saludo al sol y revivo los vértices difusos de tu piel
y recuerdo cada una de los confabulados climas
barro tal vez que se moja con la lluvia
pies descalzos sobre el verde húmedo
y una estantería llena de libros que tratas de acomodar
y ya no puedes
«maldito anarquista» piensas mientras sonríes
al cobijo añejo de unos viejos

escribo en silencio
recuperando sueños
ofrendados a tu cuerpo
tierra celeste que brotas aguas cual manantial
manos de fuego que queman desde dentro
tu aire que me habita
niña de los cinco elementos
duende de este valle

dueña del tiempo.