martes, 6 de enero de 2015

El Chiquero

"A pesar de que la mía es historia, no la empezaré con el arca de Noé..." ECHEVERRÍA[1]
Era Semana Santa del 201… época en la que los feriados extendían algunos fines de semana más de lo normal y el de Semana Santa era particularmente largo debido a que la administración pública, los colegios y los bancos abandonaban su actividad el jueves y no la retomaban sino hasta el lunes. Algún que otro empleado acomodaba una licencia médica que le permitiría comenzarlo el miércoles o continuarlo hasta el lunes inclusive. Esta extensión no debía ser una práctica tan extraña ya que la mayoría de las excursiones a las cataratas (viaje típico de esta época) terminaban el lunes.
– Son así estos vagos, no tienen ganas de laburar, si la tuvieran no harían estos largos fines de semana… en Argentina nadie trabaja, después se quejan. Así andamos. – decía una empleada bancaria a su marido mientras armaba una valija para salir de minivacaciones.
Pero prefiero callar más ejemplos como este y continuar con el relato.
Sucedió, pues, en aquel tiempo previo a Semana Santa, una lluvia muy copiosa. Algunos caminos habían quedado anegados y los potreros de fútbol en las villas eran un auténtico lodazal. Verdaderos ríos de turistas surcaban el país de orillas a orillas mientras los villeros, los subsidiados por este despótico gobierno jugaban un picadito de fútbol en sus canchitas infaltables en cada uno de sus asentamientos. Porque aunque podían ver, de modo gratuito, todo el fútbol para todos; la fecha se había suspendido para que la pequeña burguesía, única clase social que pagaba entrada al partido, pudiera vacacionar sin culpa y claro, la villa toda se había instalado en el potrero para jugar al fútbol (jugar al fútbol parece ser la única posibilidad de ascenso económico para los varones) y juegaban un partido interminable y encarnizado donde desplegaban todo su resentimiento y odio.
La pelota en el medio, 12 de un lado y 15 del otro. Nadie se quejó de la diferencia numérica porque con el primer equipo jugaba “El Yoni”, joven promesa de River Plate que aún estaba en las inferiores pero ya habá sido probado en primera 10 minutos y había claras posibilidades de que pasara definitivamente el próximo campeonato.
– El Yoni ya está salvado.– pensaba La Yesi confiando en que el polvo que se habían echado la noche anterior le sirva, a ella, para quedar pegada (ser la mujer de un futbolista exitoso parece ser la única posibilidad de ascenso económico entre las mujeres) y escapar de ese mundo de mierda.
El partido comienzó y todos se revolcaban en el barro como chanchos en un chiquero. Las mujeres aúllaban, como perras en celo con sus crías colgadas de las tetas, vítores a sus machos. Las criaturas correteaban escarbando entre las basuras algún juguete para divertirse. Todos parecían felices.
El Yoni escapó con la pelota, dejó a uno parado en mitad de la cancha mirando para otro lado, le hizo un sobrero al Tito y antes de que toque el piso se la pasó de caño al Cacho que al darse cuenta de la jugada puso todas sus fueras en el empujón que El Yoni esquivó con un movimiento de cadera dejando al Cacho con la cara y la panza sumergidas en un charco de barro. Finalmente llegó frente al arco y remató con violencia de derecha un tiro que parecía cruzado pero se abrió hacia la esquina superior derecha del arco y se clavó en el ángulo. El Toto, con sus guantes de arquero, con los mismos que había jugado alguna vez en las inferiores de Velez, con esos guantes comidos por el tiempo, se quedó quieto, parado, como petrificado sin imaginar siquiera qué había pasado.
– Uno a cero.– gritó el Chino Gutiérrez que parece haberse ofrecido implícitamente de árbitro. Tomó la pelota con las manos y la llevó al centro (lo que él imaginaba que era el centro ya que no hay una línea marcada) y chifló con los dedos en señal de que el partido debía seguir.
El Cacho se acercó cansado a la pelota y pateó pero su pase no llegó a destino porque El Yoni cruzó corriendo y se la llevó. Sin ningún firulete, pateó derecho al arco con fuerza pero esta vez el Toto logró desviar el tiro por sobre el travesaño. Ese largo estirarse hacia la pelota finalizó en el impacto violento del balón en la mano derecha y le significó un doloroso tirón en la columna a la altura de la lumbar. Todos lo aplaudierón; quizás por eso, en lugar de quedarse retorciéndose de dolor en el piso, como hubiéramos hecho cualquiera de nosotros, se incorporó y levantó los brazos hacia la tribuna de críos y hembras mientras limpiaba con la remera una lágrima que el dolor le había filtrado al orgullo.
El Yoni agarró la pelota y la llevó a la parte del chiquero que él imaginaba era el córner. El Toto, por cierta intuición de arquero (la que es más confiable que cualquier intuición femenina) supo lo que iba a hacer.
– Lo quiere hacer olímpico el muy hijo de puta… yo te voy a enseñar, pendejo de mierda. – pensaba para sí y se ubicó lejos de la línea de gol para tentar al jugador a que patee al arco.
El viento era propicio y el arquero estaba mal parado así que El Yoni hizo lo que le pareció más lógico; trató de diseñar una parábola que termine en el arco y habría sido gol si el Toto no hubiera adivinado la jugada, "ese gordo de mierda que hace años no ataja nada", había previsto todo desde el principio.
El Toto agarró la pelota sin dificultad pero el dolor se hacía cada vez más intenso. Lo disimulaba. Todos aplaudían.
La Yesi no, la Yesi miraba embelesada a su héroe mítico, a su Orfeo, capaz de sumergirse en este sucio infierno para llevarla a ella y a su futuro hijo a ese cielo que por procedencia les estaba vedado.
El Toto sacó desde el arco pero la pelota quedó a mitad camino entre el arquero y su intención de destino. El dolor era muy intenso ya como para disimularlo y cayó al piso. El Yoni, que había quedado con el orgullo herido, vio la pelota picando libremente y corrió.
El Cacho, que había percibido toda la situación levantó las manos y gritó: "¡El Toto!" para que se detenga el partido; pero el partido, como la vida, nunca hace caso a ese tipo de gritos. El Yoni escapó con la pelota, el arco estaba libre, el Tito sabía de la imposibilidad de frenarlo futbolísticamente y se lanzó, patinando en el barro, con los tapones de punta apuntando a la rodilla. El lodo aceleró el deslizamiento y el pie dio de lleno y fuerte en la pierna del Yoni.
–Crack.– le hizo el hueso al final. La Yesi lloró un dolor que le era propio.
La pelota, picando sin sentido se dirigió al arco y hubiera entrado de no ser por un charco de barro que la detuvo, como al Yoni, le cortaron el destino, la dejaron hay, quieta, sin posibilidad de éxito. Detenida, estancada en el barro. La Yesi seguía llorando porque quizás fuera la única que comprendía.
El Yoni miró su pierna y vio la carne desgarrada y un hueso en forma de punta saliendo. La sangre manaba a borbotones. 
Nadie se preocupó mucho. El Cacho hizo un par de señas y Willy levantó en brazos al Yoni y se lo llevó al hospital.
– No va a jugar este año en primera. – piensa Willy mientras lo cargaba.
– No va a jugar en primera. – piensa el Cacho mientras se secaba la transpiración.
El partido quedó suspendido y como todo grupo de fieras aburridas, comenzaron a pensar qué daño podían hacer. Todos, entonces, decidieron ir al puente peatonal sobre circunvalación. Llevaron un par de ladrillos y un pedazo de hormigón.
El Cacho era, sin dudas, el que ordena el caos de la villa; todos antes de ejecutar cualquiera de sus maldades, levantaban primero la cara hacia el Cacho para buscar su aprobación. Él era, también, el que administraba las jubilaciones y los subsidios, así que nadie quería estar en malas migas con él; era, además, hombre de pocas palabras y de mucha acción por eso estaba contento con la idea de ir a pescar algún turista.
Mas la voz ronca de un villero irrumpió el silencio extraño del puente.
– Miren, hay viene un Audi.–
– Debe estar cagado en plata el viejo.–
– Cacho, a que no le das al parabrisas… – el desafío quebró el murmullo. El Cacho se dio vuelta y no dudó, tomó el pedazo de hormigón. Agarró los hierros salientes como si fueran manijas y, en una mirada, calculó la parábola que la piedra debía describir para estrellarse contra el parabrisas. Luego la lanzó hacia arriba. 
     El tiro fue certero.
– Crack.– le hizo el vidrio al final.
La piedra cayó en el centro del parabrisas quebrándolo en mil pedazos. Los airbag se activaron. El conductor no entendía cabalmente lo que estaba pasando y trató de mantener la estabilidad del coche. Viró a derecha e izquierda. Finalmente mordió la banquina y volcó.
Todos miraron el siniestro y sonrieron. No iban a tener que caminar mucho para recoger los frutos. Bajaron el puente y se dirigieron al auto volcado. El primero en llegar fue el Cacho. El careta estaba vivo.
El joven salió del auto entre mareado y confuso. Vio los chanchos embarrados acercarse y no dudó de sus malas intenciones. Se puso en guardia. Empujó al Cacho ni bien llegó y le metió una trompada a otro que llegaba detrás. Corrió hasta el auto y sacó una barreta que siempre llevaba imaginando situaciones como estas con la seguridad de que estas cosas nunca le pasarían a él.
Feliz y adrenalínico de poder por fin ser protagonista de una historia de telenoticiero sacó el tubo de hierro y comenzó a amenazar a los villeros.
– Vénganse, negros de mierda. Ya los voy a hacer cagar. Vamos a ver si Cristina los defiende de esto.–
Diez segundos duraron las amenazas hasta que el Tito, que traía un ladrillo desde el puente se lo dio con todas sus fuerzas en la cabeza y su mundo capitalista se nubló de repente.
– Hagámoslo cagar acá mismo.–
– No, mejor que aprenda una lección.–
– A la casilla.– gritó el Cacho.
– Garca de mierda.
– Seguro que es del pro, mirá como empilcha.
– Hay que darle lo que merece.
Entre todos llevaron al muchacho arrastrando sus piernas por el barro. La casilla era una vieja garita policial de 3 por 2 metros toda blindada, a no ser por unos pequeños orificios por donde debían quizás alguna vez, haber asomado caños de fusiles.
Como en algún cuadro del Greco que creo haber visto, la luz mortecina iluminaba a la víctima puesta sobre una mesa mientras en torno lo rodeaban una serie de sujetos con gorras.
– ¡Átenlo! – el Cacho daba órdenes concretas y simples, fáciles de seguir para la manada de brutos que lo secundaba.
– Che gorilón…– se dirigió a la víctima, – a ver si te desdecís con eso de la Cristina y gritas frente a todos “¡Viva Néstor!”
–¡Viva Néstor!– coreó la manada satisfecha.
– Necios e ignorantes, ¿qué intentan hacer conmigo? – preguntó el muchacho
– Chito gringuito, calmate. Ya te vas a ir dando cuenta de cómo vas a pagar. Tito, traete la máquina del Roberto para el pelo.
Tito vuelve al rato, le entregó la máquina y agregó.
– Roberto preguntó para qué la querías…
– ¿Vos qué le respondiste?
– Que vos no le preguntaste para qué quería la jubilación su vieja, simplemente se la conseguiste… y que es de sorete preguntar eso cuando te piden algo.
– Bien Negro, vos sí que sabés tratar a estos… a mí me sacan de las casillas…
Sin mediar más  palabras le cortaron todos los pelos de los costados.
– jajaja, mirá, Mario Baracus, jajaja.
– ¿Quién es Mario Baracus?
– Che gringuito, ¿temblás? – le preguntó el Cacho a su víctima.
– Sí, por no poder ahorcarte con mis manos.
– ¿Tenés las pelotas para amenazarme?
– Tengo los huevos para eso y mucho más. Dejame demostrártelo.
– Está bien, mostrámelo; ya estás cortado bocha como nosotros que no vamos de peluqueros fifí como vos, ahora habrá que desnudarte…
– Primero pégame un tiro que ponerme en pelotas, negro de mierda.
– Desnúdenlo y átenlo boca abajo que yo le voy a enseñar quién manda.
– No… – y no llegó a decir mucho más porque dos secuaces del Cacho ya lo habían amordazado.
– Mirá cómo tiembla y mirá cómo se puso… parece un chancho colorado…
Ya estaba desnudo y atado a la mesa. El Cacho se había bajado los pantalones. El joven del Audi hizo su último esfuerzo y cayó flácido sobre la mesa empapando el pañuelo que tapaba su boca de sangre.
– Se murió… – dijo uno sorprendido.
– Se murió de rabia… – dijo otro.
– Será porque lo mordieron unas ratas… – dijo el Tito y todos rieron.
– Llévenlo al auto…  y préndanle fuego.– sentenció el Cacho.
Verificaron la orden y se fueron a cumplirla como siervos obedientes a su amo.




[1] ECHEVERRÍA, Esteban; El Matadero en Biblioteca Digital Argentina 




viernes, 2 de enero de 2015

Nostalgias...

Cuánto tiempo desperdiciado en el olvido
de la línea de tus ojos
para luego perderlo
en la casualidad de un encuentro.

Cuánto esfuerzo derrochado
en extraviar del tacto tus cadencias
para que lo traiga de repente
un golpe el azar.

La nostalgia es la divinización del olvido
y el reencuentro su blasfemia.

Cuando ayer te vayas
volver será olvidar
sin el extraño pienso
ni la espero.

Ambos somos
no me acuerdo qué
recuerdo.

Y el pasado es siempre un tiempo que no fue
Y la memoria el más mentiroso de sus súbditos
Y el cuerpo un futuro ya olvidado
Y tu voz un presente que no encuentro

Y yo...
perdido en palabras
que no alcanzan silencios.

domingo, 28 de diciembre de 2014

Postales festivas

"Para saber que al fin el mundo es esto / en su mejor momento una nostalgia / en su peor momento un desamparo / y siempre, siempre un lío... / Entonces usted muere." Mario Benedetti Curriculum.


Postal 01
Algunos petardos suenan irrumpiendo la oscuridad. El sonido de copas golpea la noche. La luna callada. Un niño pasa corriendo. Un perro llora. Antonio sentado solo en la puerta del "Hogar" levanta un vaso de plástico al aire y brinda consigo. Las 00:00 del primer día de enero de ya no le importa qué año. Es muy tarde para que vengan sus hijos y es muy temprano para que venga la parca.
–¡Feliz año nuevo!– piensa en silencio y bebe tratando de que la sidra no caiga de sus labios sobre su camisa nueva.

Postal 02
Un bebé llora. Ana se levanta de la mesa y se dirige a la pieza. Todos los reunidos hablan a los gritos, a nadie parece importarle si la criatura duerme.
Lo saca del moisés y lo lleva en alzas a la mesa. Todos lo miran, simulan brindar con él, le hacen caras, le dicen cosas. Ella lo mira y sabe que si por algo son importantes estas fiestas es por él. Mira la hermana que corre tratando de llamar la atención, la casa despelotada, los platos que deberá lavar, el mantel que convendría tirar.
–¡Feliz año nuevo!– gritan todos levantando las copas.
Antonio, el bebé, llora desconsoladamente. Todos ríen. A nadie, excepto a Ana, parece importarle.

Postal 03
Está contento de haber invitado a todos a su casa… por fin “su” casa. Anastasia, su mujer, sonríe. Está contenta de que hayan invitado a todos, de poder demostrar lo buena anfitriona que es. Vitel toné, pionono, lengua, mayonesa, salamines, vino blanco para el suegro, vino tinto para el padre, cerveza para el cuñado. No falta nada. 
Bueno, tuvieron que pedir a todos que trajeran platos y vasos porque los que tienen en la casa no alcanzan.
Antonio se levanta de la mesa, va a la cocina y regresa con tres botellas de champagne. Destapa una a una las botellas y sirve uno a uno los vasos mientras todos hablan a los gritos. Sirve el último vaso justo 30 segundos antes de las doce.
Todos hacen silencio, dejan de hablar, miran sus relojes, se escucha la sirena de los bomberos.
–¡Feliz año nuevo!– gritan todos levantando las copas.


Anastasia, sin saber por qué, siente deseos de llorar pero se le pasa en seguida y brinda con todos.

Postal 04
Los niños corretean entre las mesas. Tratan de robar algún corcho de sidra o un vaso olvidado el descuido. Los adultos ríen y hablan a los gritos.
Antonio juega, concentrado, con el camión que "el niñito Dios" le trajo en navidad. Ya sospecha que ese regalador navideño no existe, que es un invento de los padres sin embargo en este momento no le importa. Creer o no creer en "el niñito Dios" es una preocupación de grandes y no de niños.
El grito interrumpe su juego.
–¡Feliz año nuevo!– gritan todos levantando las copas.
Antonio tuvo la extraña sensación de sentir deseos de llorar, pero se le pasó en seguida y siguió jugando.

Postal 05
Antonio y Anastasia están sentados en silencio. Los años les han enseñado a evitar las peleas haciendo silencio y su vida se ha convertido en silencio. Los hijos están trabajando o estudiando o cualquier excusa que se hayan inventado para no volver a su pueblo a celebrar las fiestas con ellos. No han preparado ninguna comida especial. Esperan las doce como un ritual que ha perdido todo su sentido. La sirena de los bomberos suena.
–¡Feliz año nuevo!– se murmuran mutuamente.
Antonio tuvo la extraña sensación de sentir deseos de llorar, pero se le pasó en seguida y se fue a dormir.

Postal 06
Todos los adultos hablan a los gritos. Varios parecen estar, si no en pedo, bastante entonados. Hablan del clima; siempre se comienza hablando del clima, luego de política, más tarde de la familia, el amor; finalmente de la amistad que los une.
Antonio piensa que sus padres y los amigos de sus padres son todos unos viejos ridículos. Él espera que se hagan las doce para cumplir con la obligación familiar y poder salir con sus amigos. Posiblemente ella vaya esta noche al boliche.
–¡Feliz año nuevo!– gritan todos levantando las copas.
Antonio brinda, saluda a uno que otro tío, pide plata a su padre y sale de su casa.

Postal 07
–¡Feliz navidad Don Antonio!– le grita la enfermera que se acerca por atrás de la silla de rueda.
Antonio no responde. La cabeza sobre el hombro derecho y el vaso derramado en el piso.

miércoles, 24 de diciembre de 2014

Balance de fin de año.

     El balance de fin de año es una decepcionante estupidez.
     En la medida en que se aproximan las fiestas y el uso indiscriminado del alcohol y las comidas hace que llegue poco oxígeno al cerebro y la gente se lance a decir estupideces. Comienzan a aparecer en las redes sociales enunciados que empienzan con encabezadores tales como "En este año" y luego viene una especie de evaluación que oscila entre la subjetividad y el maniqueísmo... Siempre primero van los enunciados que podríamos determinar como axiológicamente negativos para arribar luego al maravilloso nexo adversativo "pero" con la confianza casi ciega que este cumpla con su tarea habitual de aniquilar las proposiciones anteriores en pos de una última proposición que en este caso es afirmativa, positiva y universal.
     Muchos de los que estamos en este tema de la educación sabemos más que otros de lo inútil de las evaluaciones de cierre ya que en las mismas no se puede apreciar el camino, el proceso. Llegar a fin de año y ponerse a evaluar (en frío) las acciones y posiciones tomadas durante el año, descontextualizadas, es no sólo inútil sino pavote.
     Todos sabemos que esos balances no son legítimos ni veraces. Es sólo una fantochada más de estas fiestas junto con sus regalos innecesarios y sus lágrimas gratuitas.
     Volvamos a la simpleza.
     Júntese con quienes quiera, coma, beba, celebre y deje de hacerse el metafísico y de darle de comer a los comercios.
     Mañana, luego de la resaca, trataré de escribir algo más elevado que esto. Por hoy, ¡Felices fiestas! y disfrute de la vida que ayer ya pasó y mañana será otro día.

martes, 16 de diciembre de 2014

Ficción

- Entonces me mentiste - le reprocha ella.
- No.
     Piensa en explicarle que una mentira es un enunciado que va en contra de lo que se sabe o de lo que se piensa; que en cierta medida lo contradice. Y definitivamente, lo que él hizo no fue mentir.
- No fue una mentira, fue una ficción. - corrige tranquilamente.
- Vos y tu puto lenguaje... es lo mismo, decilo como quieras; pero me engañaste... - entre sollozos.
- Sí, te engañé. - Piensa en explicarle la diferencia entre ficción y mentira. La ficción no tergiversa la realidad; crea una realidad distinta. Obvio que para crear esa realidad emplea elementos de la realidad contingente pero no la contradice. Es una realidad paralela, más cómoda, más interesante, nada más que eso.
     Todo eso pensó, pero no dijo nada. Ella se fue llorando, conforme con la ficción que había fabricado de esa relación, distinta a la que había fabricado él aunque menos conscientemente.
- Sos un mentiroso. - se escuchó el último portazo.
- Soy un creador. - pensó él.
     Se quedó un rato quieto como para capturar el momento que sin dudas sería repetible. Debía estudiar, mañana tendría el examen y bajó la cabeza hacia el libro para tratar de comprender a esos estructuralistas rusos que hablaban de la literatura tan en difícil...

lunes, 8 de diciembre de 2014

te elijo o me elegís...

Hay  veces en que uno no elige su forma de hacer arte sino que la forma de hacer arte te elige a vos.
Cuando leía historietas llegó a mí una versión de "Los hermanos Karamasov" en Skorpion hecha andá a saber por quién y varias, me hice fanático, de Jean Giraud (para muchos conocido como Moebius) herencia de las Fierro de mi hermano.
Cuando quise leer poesía me acercaron Prevert, Girondo y Vallejo, amigas que me signaron más que otras.
Cuando comencé a leer narrativa me dieron El Proceso y La Metamorfosis de Kafka (mi hermana); Crímen y castigo de Dostoievski (un amigo).
Cuando comencé a hacer teatro hice, con mi primer maestro, "El Desatino"; con el segundo, "el público" y con el tercero, "El jardín de los cerezos".
Todo lo que he vivido estéticamente es un acto de rebeldía, es Ribaud, es Artaud... No elegís el arte que hacés, el arte te elige a vos.
Y no tenía 18 y estaba elegido.

Y si, como la fea del baile, nadie te saca a bailar... alguna mirada tenés que echar para que alguien te elija.

Losing card

«Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento»
Jorge Luis Borges en "Biografía de Tadeo Isidoro Cruz"


   Una muchacha sentada en un sillón con un vaso de jugo en la mano. El pote de helado abandonado y chorreando humedad sobre la mesa ratona de vidrio. Un cigarrillo armado que se apagó solo, abandonado en el cenicero. Una película en blanco y negro, argentina. Una gota color lágrima en su mejilla.

    Mira el reloj. La hora laboral no termina. Se acomoda el pelo. Hoy se siente linda.
    Se ha levantado temprano a caminar, ha tomado sol de la siesta en largos tragos de pileta. Hoy se siente bella.
    Saluda a todos con más simpatía que la habitual. Ella es simpática. Hoy más.

    Han quedado en salir con Ella después del trabajo. La amistad con Ella ha ido creciendo este último año en la medida en que se ha sentido sola; en la medida en que se ha sentido traicionada, secuencial y sucesivamente traicionada. Primero su amiga, luego su compañera. Pero ahora tiene otra amiga, quizá otra compañera.
    La sonrisa, su sonrisa, se tuerce en un rictus cuando piensa: "La gente traiciona", como parte de las características inherentes al ser humano.

    "Qué bicho de mierda el ser humano." Eso piensa mientras sonríe. Duele sonreír.

    El día ya termina. Uno tiende a decir que el día termina cuando terminan las obligaciones y aún nos quedan horas para seguir siendo nosotros mismos. Para comenzar a ser nosotros mismos. Entonces, el día termina y por eso aun quedan horas del día para poder salir con Ella, su amiga, y charlar y ponerse al día y jugar ese juego de escuchar y ser escuchado, o simular ambas cosas, eso depende.

- Hola.
- Hola.
- ¿Vamos?
- Vamos.

    Salen del trabajo de ambas contentas de que el día termine y aún les quede día (aunque es de noche) para ser.
    Van en el auto de Ella a un bar. Ella va en auto siempre. Ella vive muy lejos del trabajo para ir caminando o en bicicleta.
    Charlan o soliloquian simultáneamente. Una detiene la conversación...
- Esperá, tengo que enviar un mensaje.
    Ella la mira y sonríe. Y aprovecha la distracción para sacar de silencio su teléfono.

    "Qué pena que las personas no tengan función «silencio»", piensa una de las dos... no puedo identificar cuál de las dos; quizás fue alguien de la mesa vecina.

    Ella tiene un llamado perdido. Tantas cosas se nos pierden y nunca las contamos ni las percibimos... Los malditos teléfono actuales cuentan las llamadas que «perdimos», con sabor a «perder», a no ganar, a que deje de ser nuestro algo que nos es propio, a desaprovechar, a balde al que se le escapa el agua, a pelota que poco a poco se va quedando sin aire; el teléfono cuenta que perdemos si no estamos conectados, perdemos el partido con la vida, perdemos vida... Ella únicamente no había recibido una llamada y el teléfono le avisaba que estaba perdida y que era difícil que se pudiera encontrar.

- Ya está, si no enviaba este mensaje después era muy tarde.- sonríe.
- Me tengo que ir.- no sonríe.
    "Seguramente es Él", piensa. Ella tiene algo con Él y aunque no conoce a Él puede imaginarse que hay algo complicado, como que debe ser un hombre casado o algo así. Entonces no dice nada. El amor es complicado para aquellos que aun creen en él.

    Ella pasó por una heladería, compró medio kilo de helado, la llevó hasta la casa y la dejó en la puerta, sola, con un pequeño balde de telgopor en las manos lleno de helado.

    Abre la puerta. Aún se siente linda. Todavía está de buen humor.

    Dicen que los seres humanos podemos ser definidos sólo por una acción, que hay una acción en toda nuestra larga vida que nos define, que nos encuentra, que nos despierde. Gregorio se despierta escarabajo, Tadeo se enfrenta a sus compañeros, Rodion toma un hacha; un solo hecho, una sola acción y toda nuestra injustificada existencia se explica.
    Y esta noche...

    Apenas entra, guarda el helado en la heladera (como corresponde a las leyes de derivación). Se dirige, a sabiendas, a un cajón donde guarda un fragmento de tiempo. Se detiene.

    Antes debe acomodar, arreglar, preparar la escena. Luego tendrá hambre así que está bien guardado el helado. El sillón frente al televisor. Busca y se pone la remera más rotosa y que le parece más coincidente con su idea de hippie rebelde, cuidadosamente deja que el cuello caiga descuidadamente descubriendo el hombro. Se siente linda. Se descalza porque calza más con la imagen que se quiere dar. Planea todo como si hubiera cámaras filmándola.

    Ahora, nuevamente, pero esta vez no se detendrá, se dirige al cajón del tiempo olvidado y saca una pequeña bolsita que envuelve una maza apelmazada de hiervas y unas semillas como de pimienta. Se sienta en el sillón y sobre una mesa ratona, sobre una hoja de agenda desgrana con los dedos el cascote de yuyos que guardaba la bolsita. Pone al lado una cajita roja con la palabra «smoking» en letras doradas y saca un rectángulo de papel; se cuida que una franja un tanto más oscura quede hacia arriba y del lado de afuera. Echa adentro lo trabajosamente desliado. Enrolla el papel sobre sí mismo y sobre la hierva. Saca la lengua y humedece la franja oscura. Tuerce las puntas. Guarda el resto. Se acerca un cenicero. Enciende un extremo u fuma apaciblemente.
    Está todo montado, todo listo, la escena preparada, tal y como a ella le gusta. Todo controlado. Sólo falta el efecto.

    Segunda seca. Espera comenzar a marearse...
"No pasa nada.", piensa.

    Tercera seca.
"Esto tendrá vencimiento"

    Cuarta seca.
"No puedo ser más salada."

    Se para y abandona el cigarrillo en el cenicero. Se dirige a la heladera para ver si hay algo de alcohol para que colabore con el efecto esperado.
    No hay.

    Se prepara un vaso de jugo Saldan de pomelo con agua (tampoco tiene soda). Se lleva al sillón el pote de helado y el vaso de jugo. El pucho la espera encendido. Otra seca. No pasa nada.
    Se sienta.

    Ya no se siente tan linda ni tan simpática.
    Y ahí se queda, tomando un trago de jugo, una cucharada de helado, mirando el "volver" una película argentina en blanco y negro.

    Me cuenta.
    Yo pienso la imagen final y me parece una imagen tan precisa, tan poética, tan plurisignificante.

- Está bueno para escribirlo.
- Hacé lo que quieras.